
Mientras estoy aquí, entristecida por tu ausencia y tu largo silencio, no puedo por menos que recordar cómo fueron nuestros comienzos.
Mientras desgrano mis recuerdos te siento tan cercano... Incluso creo oír tus risas y las palabras tan bonitas que susurrabas en mis oídos cuando me estabas cortejando, cuando querías que cayera entre tus brazos...
Y yo, estaba allí, sentada a tu lado, petrificada de miedo y de deseo. Miedo de mi, de mi cuerpo, de las reacciones que estaba teniendo y del deseo tan ardiente que me consumía por dentro. Pero al mismo tiempo pensaba que eso no estaba bien, que no era normal sentir esas cosas y tener esos pensamientos tan tórridos que tu sola presencia me provocaba.
Y mientras mi cuerpo y mi mente se debatían en una lucha sin cuartel, tú seguías allí... diciéndome todas aquellas cosas que sabías le gusta escuchar a una mujer. (Pues sabes muy bien que se nos puede conquistar por las palabras y a éstas las dominas incluso mejor que a mí)
Recuerdo el primer día que me besaste. Fue un beso como nadie me había dado, un beso que despertó en mí una pasión sin límite. Un beso que a penas si supe corresponder porque incluso eso me tuviste que enseñar. Pero la pasión nos da alas y pronto me dejé llevar por ella...
Recuerdo que abrí mis ojos al oírte hablar y no entendí lo que decías, pues en aquel beso perdí la conciencia y te entregué mi alma. Un beso... un simple y apasionado beso, bastó para caer rendida a tus pies.
Cuando notaste cómo estaba y viste que por fin mi mente perdió la cruel batalla, quisiste ir más lejos y empezaste a acariciar mis senos... Yo, ya no era yo. Estaba tan nerviosa y tan excitada, que te dejé hacer. Sencillamente no podía protestar... ¿Para qué hacerlo si me encantaba sentir tus manos y tus labios en mi piel?
Cerré mis ojos de nuevo y me entregué a esas sensaciones tan maravillosas. Entonces tú quisiste ir un poco más allá... un poco más lejos... Cogiste una de mis manos y la acercaste a tu miembro que pedía a gritos ser liberado de su encierro, pero contra toda predicción, me asusté tanto que me eché a llorar quitándola de allí como si de un fuego ardiente se tratara.
Dios... ¡Qué vergüenza! Todavía hoy al recordarlo se encienden mis mejillas y ma dan ganas de tapar mi cara para que nadie la vea más, pues tuve una reacción de lo más infantil. Aunque eso lo único que provocó en tí fue más deseo. Pero por suerte no te echaste a reír ni te enfadaste conmigo, al revés, me hablaste suavemente para intentar tranquilizarme a pesar de aquel fuego que te consumía.
Cuando todo pasó y logré serenarme, te agradecí sobremanera tu paciencia, el que no me llamases tonta ni te rieras de mí. Te agradecí en silencio porque tal era mi vergüenza que no me atrevía ni a hablar. Y hoy estoy aquí... Sola... Recordando y echándote tanto de menos...
Dime mi Lobo, ¿cuándo se te pasará el enfado? ¿Cuándo querrás volver a mi?
Tuya y desconsolada,
